Detroit, 5 de enero de 1920
¡Feliz Año Nuevo! ¡Y feliz Navidad! Ha sido muy extraño vivir la Navidad aquí, el 25 de diciembre en lugar del 7 de enero. La pasada Navidad aun estaba tratando de llegar aquí y no le dí tanta importancia, pero este año he vivido una Navidad americana. No puedes imaginar lo bonito que estaba todo, con luces de colores en las calles y los escaparates de las tiendas decorados con primor.
Creía que me iba a sentir muy triste, tomando conciencia de lo lejos de casa que estaba, pero mi amiga y vecina Lillian lo atenuó un poco, pues ella tampoco podía visitar a su familia que vive en el estado de Idaho, casi en la otra punta del país, así que pasamos esos días juntas.
El día 25 fuimos a comer a un restaurante alemán que hay cerca, para mi sorpresa, estaba lleno. Todos inmigrantes, que como yo, no tenían otro sitio donde ir.
Fue muy divertido, la comida es muy buena y los dueños son dos alemanes generosos con la cerveza, incluso en estos tiempos en que está dando mucho de que hablar, pues el gobierno pretende prohibir el alcohol.
¿Te imaginas que intentasen prohibir el vodka en Rusia? El mero pensamiento me hace reír.
Pasamos todo el día en el restaurante. Lillian es muy abierta y enseguida traba amistad con todo el mundo, yo me dejo llevar. Cuando se hizo de noche ya conocíamos a los dueños por el nombre de pila y a la mitad de la clientela, algunos rusos también, dos de San Petersburgo y uno de Kolyván.
Al final, uno de los dueños, Oliver; el compatriota de Kolyván que se llama Fédor y su novia americana, Betty y otros dos hombres, uno francés y uno italiano (no sé cómo escribir sus nombres) nos invitaron a una partida de cartas en la trastienda del restaurante. Al principio no estaba segura, después de todo eran desconocidos, pero como Lillian y Betty parecían tan animadas, me uní a ellos. No se me dio mal del todo y con lo que gané, te compré este broche que te adjunto, espero que te guste.
El tema del doctor Sterling se ha solucionado por sí solo, aunque de una forma un poco drástica: El día dos partió hacia China, para ayudar a un amigo médico allí, probablemente para no volver.
¿Sabes qué hizo? ¡Me entregó una gran suma de dinero para que yo administre la consulta! ¿Puedes creerlo? La confianza que deposita en mí me abruma, pero no podría estarle más agradecida. Y eso no es todo: se ofreció a pagarme la universidad para que estudie medicina. Casi rompo a llorar de la emoción (me ofreció las dos cosas al mismo tiempo), pero le contesté que prefiero dedicar mi tiempo y mis esfuerzos ejerciendo de enfermera y administrando la consulta, aumentando mis conocimientos por mi cuenta a estar varios años más solo estudiando sin poder trabajar, cuando tanto hay por hacer.
Lo entendió perfectamente.
Para agradecerle todo lo que ha hecho por mí, le organicé una fiesta sorpresa de despedida, fue todo maravillosamente y creo que le gustó el detalle.
Eso sí... al final de la velada, no sé qué se metió dentro de mí (el champán, probablemente), que le busqué a solas para agradecerle una vez más todo lo que le debo. Así se lo dije, y cuando sentía que no sabía hasta dónde sería capaz de llegar, pues había una especie de electricidad en el aire entre nosotros...
Me desperté a la mañana siguiente, completamente vestida y tapada con una manta, con una nota suya explicando que me había desmayado, dándome las gracias por la fiesta y diciéndome adiós, pues no se atrevía a despedirse personalmente.
Me dejó un sabor agridulce (y bonita imagen dí para despedirlo, cayéndome borracha en el sitio), pero lo hecho, hecho está y me alegro de que no pasara nada de lo que me hubiera arrepentido.
Me alegro mucho de que Anton os esté ayudando, espero que lo de nuestra madre no sea grave.
Por lo que me cuentas, ya me cae bien. Pero como hermana mayor, estoy obligada a decir: ¡Ten cuidado! Aunque, ¿cuándo me has hecho tu caso?
Un abrazo para todos. Os quiere,
Varuschka