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miércoles, 22 de junio de 2016

Chicago, 3 de febrero de 1920


Estimado señor Crawley,

He de reconocerle que no me está siendo demasiado fácil dar con la señorita Thompson. Lo primero que hice al llegar a Chicago fue intentar rastrear su nombre. Esperaba que no hubiese cambiado su identidad a fin de no dejar rastro, pero por suerte no fue así y tras unos días di con un hombre que le había alquilado la casa hacía 3 años a una tal Elisabeth Thompson. Las probabilidades de que fuera ella eran pocas, pero aquello era mejor que nada, así que me cité con el hombre, Paul Hawkins.

Me dijo que hace tres años, una muchacha morena, de ojos azules, muy hermosa, le había pedido por favor que le alquilara su apartamento. Cuando la chica escuchó la suma del alquiler, bajó la mirada desconsolada. Era obvio que no tenía tanto para pagar, pero Paul la vio tan perdida y sola que le bajó el alquiler a la mitad. No es lo que está pensando, joven Crawley, el señor Hawkins no parece la clase de hombre que intenta aprovecharse de una muchacha. Además, pronto descubrí que el hombre estaba casado con una mujer también muy honorable. La acogieron ambos como una hija.

La chica estuvo aquí hasta hace unos meses, pero, por desgracia, no supieron decirme a dónde se había mudado.

Cuando les enseñé la foto al matrimonio a ambos se les iluminó el rostro. Mostraron gran ternura por Elisabeth. Sin duda, era ella. "Mi niña" la llamó la señora Hawkins y se echó a llorar silenciosamente.

No entendía por qué no les había dicho a dónde iba. Parecía que habían estrechado fuertes lazos y ella se iba así, sin más. Tenía que estar huyendo de algo o alguien, pero, ¿de qué o quién? Los Hawkins no supieron responderme eso. Me dijeron que era una chica muy responsable y trabajadora. Había logrado pagarles la cantidad total del alquiler a pesar de que ellos se negaran. Además ayudaba en casa siempre. 
Ambos se mostraron muy preocupados por la señorita Thompson y les prometí que, si la localizaba, les diría dónde estaba.

Hasta aquí sé de ella, de momento, señor Crawley. Si tiene más datos, por tonto que parezca, por favor, no dude en hacermelo saber. Es importante.

Me despido atentamente, 

Scott Manley



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