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jueves, 2 de junio de 2016

15 de enero de 1920

Voy a empezar este diario únicamente para ir anotando cada detalle y nuevo avance de este nuevo cometido que me ha sido encargado.

El pasado día 31 me encontré en Londres con Atticus Crawley, el cual se puso en contacto conmigo por carta urgente. 
Nos habíamos conocido hacía un par de semanas en una fiesta de una importante familia de Londres. En cuanto leí la misiva supe de quién se trataba, el joven Atticus causa muy buena imagen allá por donde va, hubiese sido difícil olvidarle. Tuvo suerte de que yo aún siguiera en Londres, pues pretendía volver a Chicago en unos días.
Acudí muy intrigado a la taberna donde me había citado, ya que en la carta me decía que quería encontrar a una persona de la cual no sabía nada desde hacía dos años. 
En la taberna, Atticus me contó que quería dar con Elisabeth Thompson. Me entregó una foto suya y una carta que su hermano tenía escondida, en la cual ella se despedía. Hacía dos años de aquello.
Primero le pregunté qué relación tenía con aquella muchacha, a lo que no me quiso contestar. Era obvio que se trataba de una amante. Pero como un caballero que soy, no insistí en aquella cuestión y le dije que debería hablar con su hermano, lo cual me prohibió tajantemente. Su hermano no debía saber nada de aquello.
Eso me dificultaba bastante más las cosas, ya que era el primer hilo del que podía ir tirando, pero en peores casos me he encontrado así que asentí serio.
Lo peor de todo era que aquello trastocaba mis planes de volver a Chicago. Una investigación así no se realiza en sólo unos días. Así que le propuse a Atticus que investigaría lo que pudiera en el tiempo que me quedaba allí y no le cobraría mis servicios ya que la investigación podría quedar inconclusa.
Esto no le agradó al joven, lo cual comprendo, pero le expliqué que tenía mucho trabajo en Chicago y no podía darle de lado. Al final, aunque a regañadientes, aceptó.
No es que yo le ofreciera mis servicios gratuitos por simple generosidad. Aquel caso me había parecido interesante y le hubiera dedicado mucho más tiempo de disponer de él.

Cuál fue mi sorpresa que tras algunas pesquisas, una pista me llevaba hasta Chicago. Fue una amiga de la muchacha la que me dijo que ella siempre hablaba de irse a América, de viajar hasta Chicago para olvidarlo todo. La joven, por supuesto, no sabía si se encontraba allí realmente. También hacía un par de años que no sabía nada de su amiga. De repente se la había tragado la tierra, me dijo. 
Se alegró muchísimo de saber que alguien seguía su pista y me hizo prometerle que le haría saber cualquier nueva que tuviera de su amiga.

Esto cambiaba las cosas, muy a mi favor, ya que podría continuar mi tarea a la par que trabajaba en otros asuntos desde Chicago. Se lo comuniqué a Atticus y le dije que debería abonarme por mis servicios una vez comenzara a trabajar desde América. El joven estaba eufórico y no dudó en aceptarlo. Le dije que no se hiciera demasiadas ilusiones, ya que no era una vía de investigación demasiado sólida.

En fin, lo que sigue es obvio. Viajé de nuevo hasta Chicago, y aquí estoy, en mi humilde apartamento. Sentado frente a mi máquina de escribir y una tenue luz que proyecta mi sombra en la pared de mi despacho. Me resulta gracioso, esa sombra dice que soy alguien y yo no lo creo.

Mañana me espera demasiado trabajo, es hora de descansar. Le daré un buen trago a mi petaca para conciliar bien el sueño. Empiezo a desvariar.


Scott Manley

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