Las cartas de este blog cuentan una historia. Para comenzarla, debes dirigirte a la primera entrada.

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jueves, 21 de mayo de 2015

Londres, 4 de septiembre de 1919

Roderick, amigo mío,

Me apena mucho esto que me cuentas. Esta maldita guerra... Mentiría si dijese que ese compromiso es fácil de romper. Hablo desde la experiencia, pues yo también estoy prometido. Ha sido un matrimonio concertado por mis padres y una de las familias más influyentes de la sociedad londinense. Ya conoces la ambición de mi padre. Pero no me puedo quejar, ella es tan inteligente y educada. Y, por qué no decirlo, muy hermosa. Algún día la conocerás.

Somos amigos desde hace mucho, como bien afirmas, así que sabrás que intentaré hacerla feliz pese a las circunstancias. No merece otra cosa y nunca podría culparla de no ser Elisabeth. Me duele cada vez que pienso en ella, aun así lo hago a menudo. Desconozco su paradero y si se encuentra bien. Desde luego, no es porque no haya intentado encontrarla a través de mis contactos. Y, aunque no pierdo la esperanza, no puedo dedicar todo mi tiempo a su búsqueda, sobre todo, por respeto a mi prometida.

No puedo finalizar esta carta sin decirte que entiendo que no me digas el nombre de la joven inglesa de la que estás enamorado, pero sabes que puedes confiar en mí. Tal vez mi futura esposa la conozca. Si fuese así podría conocer más detalles sobre el compromiso y la situación. Me gustaría tanto ayudarte, Roderick. Insisto, háblame más de ella. Se lo comunicaré a mi prometida, seguro que está encantada de ayudar. Por cierto, qué despiste el mío. Grace, mi prometida se llama Grace.



Tu amigo, con distancia o sin ella,

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