Londres, 4 de septiembre de 1919
Roderick, amigo mío,
Me apena mucho esto que me cuentas.
Esta maldita guerra... Mentiría si dijese que ese compromiso es
fácil de romper. Hablo desde la experiencia, pues yo también estoy
prometido. Ha sido un
matrimonio concertado por mis padres y una de las familias más influyentes de la sociedad londinense. Ya conoces la ambición de mi padre. Pero no me puedo quejar, ella es tan inteligente y educada. Y, por qué no
decirlo, muy hermosa. Algún día la conocerás.
Somos amigos desde hace mucho, como
bien afirmas, así que sabrás que intentaré hacerla feliz pese a las circunstancias. No merece otra cosa y nunca podría culparla de no ser Elisabeth. Me
duele cada vez que pienso en ella, aun así lo hago a menudo.
Desconozco su paradero y si se encuentra bien. Desde luego, no es
porque no haya intentado encontrarla a través de mis contactos. Y,
aunque no pierdo la esperanza, no puedo dedicar todo mi tiempo a su
búsqueda, sobre todo, por respeto a mi prometida.
No puedo finalizar esta carta sin
decirte que entiendo que no me digas el nombre de la joven inglesa de
la que estás enamorado, pero sabes que puedes confiar en mí. Tal
vez mi futura esposa la conozca. Si fuese así podría conocer más detalles sobre el
compromiso y la situación. Me gustaría tanto ayudarte, Roderick. Insisto, háblame más de ella. Se lo comunicaré a mi prometida, seguro que está encantada de ayudar. Por cierto, qué despiste el mío. Grace, mi prometida se llama Grace.
Tu amigo, con distancia o sin ella,
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