Londres, 15 de diciembre de 1919
Querido Roderick:
Tengo miedo. Parece que el destino quiera que siempre estés abocado al peligro. Primero en tu país, y ahora en Irlanda. No dejamos de leer noticias sobre los altercados que se producen allí con el tema de la independencia. Todos por aquí andan inquietos, no solo los políticos. Mi padre no hace más que sacar su vena patriota y a mí me pone enferma. No entiendo que él sea incapaz de ponerse en el lugar de los irlandeses, si fuesen ellos los que hubiesen invadido Inglaterra para oprimirla desde hace siglos, veríamos si sería tan unionista. Mi madre anda preocupada por si se da otra guerra y alguno de nuestros conocidos debe ir a luchar en ella. No deja de nombrar a Atticus, en concreto...
Pero no quiero apenarte ahora con ese tema y tampoco abrumarte con mis pensamientos sobre Irlanda cuando tú lo estás viviendo de primera mano. Ten cuidado, es todo lo que te pido. Ya creí perderte una vez, no podría pasar por algo así.
Todo sigue bajo lo planeado, casi lo tengo todo. Los días previos a Nochevieja serán los idóneos, mi familia da una gran fiesta y estará muy ocupada en los preparativos, no repararán en mí hasta que hayan pasado las horas suficientes para que yo esté yendo hacia tu encuentro. Roderick, siempre te he amado, pero desde aquella noche siento que tenemos una conexión especial. No sé cómo pudimos prolongar tanto aquello. Algunas veces, antes de dormir rememoro cada minuto vivido aquel día y tiemblo de emoción. Estoy deseando que podamos ser por fin marido y mujer y pasar cada noche juntos, sin escondernos y sin pensar en los demás.
Tengo que irme. He quedado con Atticus. Creo que es el momento de aclarar ciertas cosas.
Siempre tuya,
Grace
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